lunes, 27 de junio de 2011

Atrapada

"Is anybody out there?
Is anybody out there?"
(Pink Floyd)

El otro día me quedé encerrada en la Uni.

El sábado decidí pasar la tarde en la universidad para bajar unos artículos y trabajar en algunas presentaciones. En vez de ir a la biblioteca me instalé en la sala común que hay entre los salones de clase para tener más espacio y menos restricciones. Yo sabía que la biblioteca cerraba a las 18 pero estaba convencida de que el resto de las instalaciones cerraba un par de horas más tarde, así que me tomé mi tiempo y hasta me di el lujo de platicar con mi familia.

A eso de las 19:30 vi a un par de personas cerrando un salón con llave y pensé que era momento de empezar a guardar mis cosas, sin apuro metí todo en mi bolsa y pasé al baño con calma. Cuando bajé a la puerta principal me di cuenta de que estaba cerrada. Nadie a la vista. Decidí probar las puertas de atrás, la primera abría pero no hubo éxito con la segunda. Las puertas de los otros edificios estaban bloqueadas también y no parecía haber gente en ningún lado.

Mi corazón empezó a latir con fuerza y me senté en el piso a pensar las cosas con calma. El peor escenario: pasaría la noche ahí. Traté de encontrarle el lado positivo, tenía chocolates y bebidas varias a mi disposición (o sea, máquinas dispensadoras que probablemente ya estarían vacías), mi compu y los baños abiertos. Al día siguiente alguien abriría temprano y todo pasaría. Empezaba a aceptar la idea de dormir en algún salón cuando caí en cuenta de que el día siguiente era domingo y que absolutamente nadie pisaría las instalaciones hasta el inicio de semana.

Tonz la ansiedad se apoderó de mi persona y le llamé a una amiga con chorros de contactos para ver si encontraba algún número a dónde pudiera marcar, no tenía datos a la mano pero la dejé buscando. Mientras yo decidí sentarme al lado de la entrada principal con la esperanza de que alguien bajara. Unos quince minutos más tarde vi a un guardia de seguridad al fondo del edificio y fui corriendo a alcanzarlo para pedirle que me abriera. El señor se sorprendió mucho al encontrarme, pero su enojo fue pasando en la medida que le explicaba que me había quedado trabajando y había perdido la noción del tiempo. Finalmente me abrió la puerta y respiré el aire del exterior como nunca.

Y ahí entendí la sabia lección: los sábados son para descansar, no para pasarlos en la escuela. Después de todo, hasta Dios descansó ese día.

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