jueves, 23 de mayo de 2019

Abeja y flor



Imagino que su historia comenzó en el campo de gerberas. La abeja, cautivada por el aroma de aquella flor, desvió su vuelo y fue a su encuentro. Seguramente pasaron varias jornadas de caricias, de gozo en cada encuentro y de espera anticipada. La abeja le contaría de sus viajes y cielos. La flor compartiría su polen y la sabiduría de sus raíces. 

Un día la flor fue desprendida, arrebatada de esa tierra y ese aire. La abeja se aferró con fuerza y dejó atrás miel y colmena. El amor no es negociable, no hay medios caminos. Así se fueron, abrazadas y juntas, muy abrazadas y muy juntas.

Así llegaron a mi casa, camufladas en un ramo de colores. Al principio no fui capaz de reconocer su pasión invencible, y le pedí a la abeja que se marchara. Ni las palabras, ni los soplidos, ni los leves empujoncitos de la rama, nada haría que se dejaran. Entendí que esa flor no era mía, me conmoví hasta las lágrimas y desprendí la flor para dejarlas juntas. A la mañana siguiente ya ambas se habían ido. Acomodé los pétalos ya marchitos de la flor y posé con cuidado a su abeja, aunque sabía ya que lo que había en mis manos, era sólo pasado.

Hoy la flor ya es sol de luz incandescente. Hoy la abeja es cielo cósmico. Y su amor crece como crecen ellas. Qué honor tan grande haberlas conocido.

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