lunes, 12 de junio de 2017

Compañeros

No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.
(Mario Benedetti)

Muchas historias y personajes hicieron impronta en mi tiempo en Barcelona, entre ellos un señor, indigente, y su perro. La primera vez que los vi hacía frío, mucho; el señor, un hombre anciano muy serio, estaba sentado en un banquito, al lado suyo estaba echado el perro cubierto con una toalla gastada... se miraban... no paraban de mirarse, sus ojos se fijaban amorosamente, con una devoción que no he vuelto a ver de nuevo. Sólo los vi un par de veces más, en una el perrote descansaba en el regazo de aquel hombre que lo acariciaba con ternura, en la tercera caminaban juntos, compañeros de vida. Nunca más supe de ellos, pero se me quedó para siempre la opresión en el pecho al imaginar qué sería de la vida de uno si le faltara el otro. 

Tantos años más tarde encuentro una escena semejante. Esta vez no es un anciano, es un joven cuya mirada fría narra historias de dureza y cicatrices profundas. A su lado está Estrella, una perrita mestiza muy inquieta y saltarina. Se abrazan locamente, juegan mucho, no se sueltan. A pesar de las carencias, Estrella tiene un tapete en el piso, y un plato de agua, y una jirafa de peluche... tiene también una corbata que porta con estilo. Él la protege, como papá primerizo la persigue, la abraza cuando viene algún perro grande y le pide que se mantenga cerca... pero no es necesario, porque ella explora pero al momento regresa, lo busca, lo lengüetea. 
Los veo y entiendo, se han rescatado mutuamente.

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