Estoy convencida de que el modo en que entramos a este mundo nos influye para siempre. Yo nací con prisas, en la madrugada, sin respetar tiempos o protocolos; tan desafiante y precipitada que mi madre me recibió sola; y mientras la locura del equipo obstetra la rodeaba, nosotras ya compartíamos ese primer respiro.
Hoy, 36 años más tarde, sigo rompiendo convenciones y marcando otros ritmos, sigo lunar, sigo precipitada y sigo llena de ilusiones y nuevos comienzos. Doy tambos, me tropiezo, me río, me levanto... aprendo... me reaprendo. Me lleno de apapachos, de primavera, me lleno de gente inmensa, de palabras, de música, de plumas y cicatrices.
A veces mi pelo no coopera, a veces mi panza aprieta, a veces mi equilibrio falla y mi juicio se niebla. Pero entre tantos a veces, hay también siempres. Mis afectos, mis fortalezas y mis sueños entran en esa categoría perenne, y es por ellos que hoy contemplo agradecida el hermoso camino construído.
Hay en mí un cuerpo, pero también una historia, capítulos interminables de vivencias y sensaciones que dan luz a este ser errante, y por eso celebro y brindo... hoy cumplo otra vez años.

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