La semana pasada terminé de trabajar en el colegio para dar inicio a nuevos proyectos. Poco imaginé lo mucho que me llevaría de ese sitio que en un principio me pareció frío e inquisidor, pero en el que poco a poco fui conquistando territorio hasta volverme parte de un espacio más allá de mis roles y funciones. Mientras abrazaba chamacos y docentes, mientras intervenía en la riña por las galletas de chocolate y consolaba al peque bajoneado, me di cuenta de lo mucho que he recibido en ese lugar, de las tantas hebras que me unen con su gente y sus historias. Me sorprendí al verme tan conectada y sentirme tan amada, porque sin buscarlo fui construyendo vínculos que se quedan conmigo para siempre, y ahora estoy rodeada de cartas, dulces y pulseritas que se han vuelto mis tesoros.
Todo arrancó con un proyecto que no parecía mío, contra todo pronóstico se puso en marcha el movimiento y de pronto me encontré trabajando con una pequeña fantástica y un equipo de difícil acceso pero gran alcance, y así, en un parpadeo, mi trabajo se convirtió en afectos y mi corazón se extendió de manera inimaginable. Tocó sacar las garras, romper esquemas y protocolos; tocó lidiar con las resistencias, hacer ruido, a veces a través de mi silencio y otras gritando fuerte; tocó aprender a mirar distinto y tocó seguir aprendiendo.
Cada niña y niño me dejó enseñanzas gigantes, y mi agradecimiento no alcanza para abarcar todo lo que me dejaron. Ahora toca sembrar en otros territorios, pero las ramas que me enredaron en esta aventura se quedan para cobijarme a donde vaya.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario