jueves, 15 de agosto de 2019

Crónica de una boda anunciada -El camino-

"...no había nada, pero eso no quería decir que estuviera vacío. En la superficie completamente blanca se escondía algo por venir."
(Haruki Murakami)


De regreso después de un viaje pletórico, me siento a escribir sobre el gran momento ¡Hay tanto tanto que contar! Un remolino de sensaciones, de imágenes, de palabras... lo mejor será, supongo, empezar por el principio... o elegir el punto de partida, porque el principio, en realidad, sucedió hace mucho tiempo.

Lo cierto es que nuestra celebración de ensueño tuvo una recta previa bastante complicada. Una semana antes de viajar a casa caímos ambos con influenza y pasamos unos días terribles; pensamos que esos momentos eran la cereza del pastel, nada nos unió más que tomarnos turnos para hacer las sopas y cambiarnos las toallas húmedas de la cabeza, dándonos mutuos ánimos cuando en el fondo nos preguntábamos si volveríamos a sentirnos personas nuevamente. En esos días tocó la última prueba del vestido, ir a buscar un documento que no estaba listo por la burocracia incompetente de unos cuantos, un clima frío y húmedo que se calaba por los huesos, y muchos muchos pendientes que no pudieron ser realizados. Lo cierto es que empaqué mi maleta como pude, me resigné a ir con menos de lo planeado y hacerle frente al camino.

La llevada del vestido fue un tema por sí sola. Había que transportar el largo vestido blanco en su fundita de chocolate en la mano, a lo largo de dos vuelos, una escala en la que había que apurarse y las bandas de inspección de los aeropuertos. Más allá de la negativa oficial de la aerolínea, la respuesta de la tripulación fue muy positiva, el cuate del mostrador me tranquilizó diciendo que el personal a bordo podría colgar mi vestido en su perchero y dando una honda bocanada me sumergí al viaje. La revisión en Ezeiza no fue sutil ni delicada, la espera de tres horas fue incómoda, pero nada comparado con el minúsculo avioncito del primer vuelo, con su paupérrimo espacio y su falta de perchero... el sobrecargo dobló mi vestido y lo metió en el minicompartimiento arriba de mi cabeza y así viajé por algunas horas, entre laringitis y turbulencias. Afortunadamente la conexión fue ágil y en el siguiente vuelo la historia fue distinta, el avión más amplio, el equipo muy atento y mi vestido viajó en modo vertical el resto del tiempo. En el aeropuerto de México lo volvieron a magullar, doblar, revisar... y sí, llegó achicharradito, con la funda gastada pero aún bellísimo... el vestido de una guerrera al fin.

Y luego vinieron los días de las trabas. Los días en que pesqué una infección, en que no paraba la lluvia, la pastelería no respondía, se liaron los del catering y tuvimos problemas con el trámite de la boda civil... casi como si alguien nos estuviera echando mala vibra desde su trono malvado. Pero nuestra fuerza fue más grande, y nuestra obstinación muy poderosa, y un día todo hizo click, y cada pendiente se fue resolviendo como una catarata. Y lo más importante de todo, no dejamos que los percances nos bajonearan, soltamos lo que no estaba en nuestras manos y confiamos en que los vientos soplarían a favor de nuestra historia.



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