“Nos casaremos ahora que llueve a carcajadas.
Vos y yo y la tierra celebraremos juntos...”
(Gioconda Belli)
La boda civil merece una mención aparte. Como el trámite es presencial, tocó hacerlo todo ya en México, y lo cierto es que fue agotador y desgastante todo el rollo. Todo empezó porque fuimos a la alcaldía de nuestro interés justo el día que no recibían los documentos, así que nos lanzamos a otra, aprovechando que teníamos que ir para ese lado para checar lo de la pachanga. Ahí hubo que llenar de nuevo los formularios porque mi nombre iba antes que el de Héctor y ¡cómo no nos dimos cuenta de que el varón siempre va antes, vaya ud a saber! Imprimimos también en color, porque para ellos era importante el colorcito, y cuando por fin nos aceptaron los documentos, quien nos iba a dar la fecha pal asunto desplegó su más profunda xenofobia al conocer la nacionalidad de origen de mis padres. Fue muy incómodo todo, ella exigiendo la carta de naturalización, cuando legalmente nada tiene que ver su estatus migratorio con mi condición para casarme; yo con calma ofreciendo que mi papá enseñe su INE y ella declinándola porque tiene que ver el documento original expedido hace tantos años, una falsa consulta con la jueza que dizque avalaba su actitud discriminatoria y nosotros yéndonos de ahí con rabia e impotencia porque esos escenarios sigan vigentes. De ahí fuimos a otro registro civil, que nos encantó por la amabilidad de cada persona que nos atendió, no pusieron ni un pero a nuestra situación y sacaron la agenda con prontitud; pero la jueza estaba de vacaciones y la boda no podría realizarse antes de septiembre. Así que fue salir corriendo y llegar a la primera alcaldía, había lugar, aceptaron todo, al día siguiente había que tomar una charla y uno más tarde nos casaríamos por fin... vaya, que nada podría salir mal a estas alturas. La dichosa charla nos pareció muy positiva, equidad de género, diversidad y no discriminación, pintaba a que íbamos en el camino correcto.
El gusto nos duró poco, el día de la ceremonia la jueza y yo intercambiamos opiniones porque decidió compartirnos su nada sutil machismo y sus ideas obsoletas del matrimonio. Abrió diciendo que la vida feliz en pareja correspondía a los cuentos de hadas y nos comunicó su malestar porque fue removida la obligatoriedad de leer la epístola de Melchor Ocampo, documento que, según ella es la fuente de las familias felices y que, para su pesar, describe perfectamente aquello que revuelve mis entrañas y me hace sacar la espada. Y así, mientras ella aplaudía la sumisión de la mujer, yo hablaba de la evolución de la sociedad, con calma, eso sí, porque sabía que no podíamos darnos el lujo de no casarnos ese día... me dijo -acertadamente- que yo tenía problemas con la obediencia, y osó meter a mi madre y futuro marido en la batalla, movida que le disparó en contra y la hizo molestar aún más. La falta de femineidad, los roles de género y la obligación de procrear son algunas de las joyitas que sacó de su bolsita de ideas anticuadas, y yo, con una diplomacia que aún me sorprende, arrojé al aire mis sentires, como quien avienta confeti despreocupadamente. Al final triunfó el amor, y nosotros nos dijimos cosas bien bonitas, y ella se quedó calladita allá atrás, y nos casamos muy a su pesar, muy seguros de nuestras convicciones y muy contentos por habernos elegido, porque si algo mostró este escenario, es lo orgullosos que estamos de habernos elegido compañeros de batalla.
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