Hace catorce años estaba en tierras monteviedeanas empezando un nuevo ciclo. La puerta se abrió sola y sin haberla buscado resultó ser la que tenía que ser cruzada en ese momento; en tan sólo un par de semanas todo se movilizó para arrancar una etapa de formación profesional y, sobre todo, de muchísimo crecimiento personal.
Sin saber muy bien a dónde o cómo, llegué a una residencia estudiantil en donde conocí a grandes mujeres, hice amistades hermosas y conocí rincones que hice míos. Pasé muchas tardes en las ramblas, caminé todo lo que pude y me perdí unas cuantas veces descifrando las calles. Compartí charlas profundas y otras sumamente absurdas, me enfrenté a profesores imponentes y trabajé en espacios de comunidad admirables. Es increíble todo lo que puede entrar en un pedacito tan chiquito de mi historia, pero es por todo ese tejido de vivencias que aún ahora Montevideo tiene un cachito de mi corazón con ella.
Fueron muchos años de espera para el reencuentro. Recién hace unos días pude volver a andar mis pasos, recorrer mi hogar y repaladear mis sabores. Abracé ese mural tan simbólico que es parte de nuestra historia y vi el río desde otro ángulo, en donde la perspectiva transforma el mismo espacio en memorias y perecepciones diversas.
Algunos me dicen que ha cambiado la ciudad, sin duda ha crecido y ha ido mutando, pero para mí esa sensación solidaria sigue viva. En relatos compartidos, en ambientes que visitamos, esa corazonada de cohesión y alegría aún vibra los espacios.
Habrá que seguir volviendo...
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